Las reformas del sistema universitario español a examen: ¿Es posible alcanzar el nivel del resto de Europa?

Cristina Muñoz

De un tiempo a esta parte, son demasiados los fallos en el sistema universitario español. Un sistema que parece no tener en cuenta los cambios y avances que se vienen produciendo en el resto de Europa. Con múltiples mejoras para evitar el estancamiento de la educación y que tengan en la formación de los alumnos y de la investigación la base de su existencia.

Son muchos los países europeos los que han llevado a cabo procesos de reforma de sus sistemas universitarios en los últimos años. Hoy las características generales que definen dichos sistemas están notablemente alejadas de las del español y se impone lanecesidad de abrir un debate político y social sobre su reforma.

Un debate que ya ha impulsado la Cámara de Comercio de España, la Fundación CYD y la Conferencia de Consejos Sociales de Universidades Españolas, con la publicación del estudio ‘La reforma de la gobernanza en los sistemas universitarios europeos’.

Un documento que analiza los casos de países como AustriaDinamarcaFinlandiaFranciaPaíses Bajos y Portugal, en los que desde hace ya algunas décadas se llevan implantando reformas significativas en el ámbito de la Educación Superior. Reformas cuyo impacto ya es posible evaluar y poner en una balanza con lo instaurado en España.

Y es que el foco principal que recoge el estudio determina que a pesar de que el modelo vigente español pudiera haber tenido validez en un momento histórico determinado, en la actualidad necesita de una “urgente y profunda reforma para su adaptación a los retos que impone la sociedad del siglo XXI”. Algo que ya desde hace años se ha puesto de manifiesto en este país. Y que los autores de esta investigación proponen solucionar mediante la aplicación de las reformas llevadas a cabo por el resto de países europeos (y que funcionan con gran éxito) en nuestro Sistema Universitario.

Las tendencias evaluadas, las cuales consideran imprescindibles instalar en España, tienen entre sus objetivos principales la reducción del control directo de las universidades o de otras instituciones de educación superior por parte del Estado, y como consecuencia la búsqueda del incremento de la autonomía institucional en la gestión de sus recursos. Al mismo tiempo que se impulsa la introducción de nuevos mecanismos de regulación del sistema universitario, por ejemplo, a través de procedimientos de evaluación de la calidad o de la financiación –esto es, contratos por objetivos entre Estado y Universidad-. Todo ello para lograr el reto de las reformas de la gobernanza, que consiste en encontrar el equilibrio adecuado entre el control estatal y la autonomía institucional.

Las tendencias ya implementadas con éxito en Europa

Un reto que pasa por el implemento de hasta siete reformas que fomenten e impulsen el incremento de la competencia entre universidades, la autonomía de las universidades, una mayor profesionalización de la gestión institucional y la aplicación de principios de gestión de carácter más empresarial, cambio del estatus del personal académico: de funcionario público a laboral, una mayor rendición de cuenta por la regulación del sistema, la asignación de recursos financieros públicos a través de indicadores de rendimiento, la diversificación de las fuentes de ingresos con el aumento de los fondos privados e internacionales.

En los países analizados en este informe las reformas adquieren una positiva evaluación, con la excepción de Portugal, donde pese a los logros de la reforma, dada la coincidencia en el tiempo de la reforma con el impacto de la crisis, no se han podido alcanzar las expectativas creadas. No obstante, a pesar de este matiz, se evidencia una importante complicidad con las reformas tanto por parte del mundo académico de los países seleccionados como de las administraciones de las que dependen. Una complicidad que no evita, según apuntan los autores, que se continúen desarrollando y avanzando en las modificaciones legislativas en todos y cada uno de los países europeos.

Y a pesar de la necesidad de una renovación del Sistema Universitario español, el documento pone de manifiesto que estas reformas precisan de tiempo para que sea posible llegar a apreciar los cambios y mejoras. Pues, la experiencia de los países tratados en este documento indica que estos procesos han necesitado alrededor dedos décadas hasta que han ido saliendo a la luz los beneficios de cada uno de ellos. Reformas que se fueron desarrollando desde mediados de los años ochenta hasta mediados de la primera década del siglo XXI, y que han requerido también de una mayor aportación de recursos públicos con el objetivo de facilitar la aceptación por parte de la comunidad universitaria de dichas implantaciones.

Un proceso nada sencillo, que requiere de una total coordinación y equilibrio entre el control estatal y la autonomía institucional para lograr el éxito en la implantación de las reformas. Un éxito que, tal y como expresan los autores del informe, se asocia de manera general con la existencia de una estrategia que combina políticas de arriba-abajo con iniciativas de abajo-arriba. La cual precisa de un fuerte liderazgo por parte del gobierno y de los rectores, así como una coalición de actores políticos y sociales entre los que deben tenerse en cuenta a los representantes del profesorado, los estudiantes y la comunidad universitaria en general. Un camino denso y costoso, pero imprescindible de abordar para llegar a solventar esas diferencias significativas claves entre los sistemas europeos reformados y el español.

Fuente:https://www.gonzoo.com/actualidad/story/las-reformas-del-sistema-universitario-espanol-a-examen-es-posible-alcanzar-el-nivel-del-resto-de-europa-5830/

 

La trampa del 3+2 y del 4+1

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Manifestación contra el 3+2 en la universidad.

 

El objetivo estaba claro desde el principio, ya en el año 1999: se acabó eso de que todo el mundo pueda estudiar en la Universidad

Hay un clamor en contra del llamado “3+2” que reducirá los grados universitarios de cuatro a tres años y aumentará a dos años los másteres a precios prohibitivos. Sin embargo, me temo que nos están tendiendo una trampa mortal y me impacienta que no se repara mucho en ella.

Y es que, el Plan Bolonia se impuso con tales niveles de mentiras de por medio que ahora es muy difícil orientarse. Desde el principio, todo fue una especie de extorsión mafiosa: no te obligamos a nada, pero te vamos a poner en unas condiciones en las que tú mismo entrarás por el aro. Bolonia son lentejas que las puedes tomar o las puedes dejar, aquí todo es voluntario. Y al final todo quedaba claro. ¿Tu Universidad no quiere proponer másteres a la evaluación de la ANECA? No pasa nada,  podéis seguir sólo con la licenciatura. ¿No queréis convertir la licenciatura en Grado? No pasa nada, podéis ser una Facultad que solo imparta postgrado. ¿No queréis ser evaluados? Es voluntario, no hay  problema, pero las otras universidades ya se están evaluando -y desde luego las privadas-, de modo que cuando haya que recortar facultades y departamentos ya veremos por dónde se empieza. ¿No os gustan las empresas? ¿No  queréis financiación “externa”? ¿Y quién os obliga? Eso sí, para obtener financiación pública es un mérito (cada vez más imprescindible) haber obtenido financiación privada. Todo este chantaje institucional se encubrió con unas dosis de propaganda grotesca. Se recordará -¡qué vergüenza ajena, por dios!- cómo nos decían que iban a cambiar el modelo de enseñanza, la cultura del aprendizaje, que las aulas tendrían que ser más pequeñas, las clases más prácticas, los alumnos sentaditos en círculos, dialogando de tú a tú con el profesor. ¿Ya nadie se acuerda de esto? ¿No se recuerdan los telediarios que hacían propaganda encubierta de una empresa llamada Educlick, que proponía que los profesores fueran sustituidos por mandos a distancia para manejar powerpoints interactivos? Ana Pastor me hizo callar en 59”, interrumpiéndome a los 23 segundos, cuando intenté denunciar que el Informe Semanal sobre Bolonia había sido un puro ejercicio de propaganda. Sé que es difícil de creer, pero, según ese programa, las clases iban a ser tan prácticas y tan alegres que, en las imágenes, salían unos alumnos de oceanografía que -supuestamente gracias a la implantación del plan Bolonia- estaban haciendo submarinismo en unos arrecifes de coral.  Algunas autoridades académicas daban conferencias explicando que se iba a intentar habilitar pequeñas cocinitas en las aulas, para que los profesores y los alumnos -a los que a veces también podía “sumarse algún artista invitado”- pudieran picotear durante las clases, charlando apaciblemente. No estoy exagerando, tengo pruebas documentales de todo esto. En algún curso de preparación para la  Convergencia Europea se nos llegó a aconsejar al profesorado técnicas de anti-estrés, proponiéndo darnos mutuamente masajes en los pies. Para todo este delirio, se movilizó -como siempre ha sido habitual en estas ocasiones- a “expertos en educación” y pedagogos que emitían terribles informes sobre lo mal que saben enseñar los profesores, que, al parecer, siempre son viejos, feos, anticuados o medio franquistas y se limitan a repetir como loros unos apuntes amarillentos que datan del pleistoceno. El papel de estos “expertos en educación” siempre es el mismo: ponerlo todo patas arribas, revolver los destrozos con un potingue de promesas delirantes y calumnias sin sentido, mezclarlo  bien con alguna que otra verdad, y servir en bandeja el resultado a las autoridades gubernamentales. Entonces, estas se ocupan  de lo que siempre se había pretendido: una reconversión económica de la enseñanza estatal.

Este diagnóstico lo repitió mil y una vez el movimiento estudiantil contra Bolonia. No hay que insistir más en ello. Lo que me interesa recordar en este artículo es algo que tiene que ver con el asunto del 3+2 que ahora Wert ha empezado a poner sobre la mesa.  Esta vez también es todo voluntario. Nadie obliga a implantar el 3+2. Las Universidades e incluso las Facultades pueden decidir lo que prefieran. Pero que conste, se nos dice, que en Europa predomina el 3+2.

En general, la reacción del movimiento estudiantil ha expresado un rotundo NO al 3+2. Sin embargo, a mí me parece que una vez más nos han metido en un callejón sin salida en el que el sí y el no conducen al mismo desastre. Se trata de una maniobra de distracción. Voy a intentar explicarme recordando otra de las vilezas con las que inicialmente nos colaron el plan Bolonia. En una de las encarnizadas negociaciones con las autoridades académicas, se nos llegó a recriminar nuestro incomprensible alarmismo apocalíptico, alegando que, si nosotros hubiéramos querido, podríamos perfectamente haber dejado las carreras como estaban, con el 3+2 que ya existía: tres años de diplomatura y dos de licenciatura. Así, se nos dijo, no habríamos tenido que tocar nada. Ni masajes en los pies, ni mesas redondas y cocinitas para alumnos, ni culturas del aprendizaje para enseñar a enseñar, ni nada. Habría bastado un mero cambio de terminología, llamando grado a la diplomatura y máster a la licenciatura. El cinismo era inaudito porque nos lo decían cuando ya habíamos hecho trizas nuestros planes de estudio para pasar por los “verificas” de la ANECA. La realidad era muy  distinta, y se podía  resumir con franqueza: se acabaron los precios públicos para cinco años de licenciatura;  provisionalmente, nos proponían conformarnos con cuatro (de grado). Y el quinto o sexto de estudios superiores que  se los pague quien pueda. Eso era todo y punto.

Luego fue mucho peor. Los alarmistas nos habíamos quedado cortos. Un año de licenciatura costaba 600 euros de media y de pronto se colocó el año de grado en unos 1.500 (1.800 si hacemos una estimación media incluyendo la brutal subida de las segundas y terceras convocatorias). Los precios públicos se multiplicaron por tres. En cuanto al 5º curso de los estudios superiores, que antes costaba 600 euros, ahora aparecía como máster a unos 3.500 euros más o menos (llegando a 4.500 con segundas convocatorias). Es una villanía pretender que esta cruda realidad económica no fue, desde el principio, el principal objetivo de tanta algarabía.

Ahora nos quieren de nuevo confundir, haciéndonos morder el anzuelo y agotarnos en la lucha contra el 3+2. No, señores, el 3+2 no es el problema. Antes de Bolonia teníamos un “3+2”  magnífico (diplomatura + licenciatura) a precios sensatos. Y en Europa, es verdad, predomina el  3+2 y no pasa (relativamente) nada. ¿Saben por qué? Porque un máster en Leipzig o en Berlin cuestra 200 euros al semestre (y te dan el abono de transporte gratis). En París, cuesta 180 euros. En Dinamarca, Bulgaria, República Checa, Bélgica,  Suecia, Noruega, Eslovaquia, Islania, Finlandia y Austria los precios son inferiores a los 400 euros.

¿No se trata de converger con Europa? Pues empecemos por los precios y luego hablamos de eso del “tres más o dos” o lo que sea. Que no nos engañen. Bolonia no cortó  las carreras en dos más que con la finalidad de reducir los años que se podían estudiar a precios públicos sensatos. Ahora quieren recortar aún más. Pero que no nos vengan con cuentos sobre la racionalización europea del 3+2. Bienvenido sería un 3+2 a precios europeos. Y si no van a cambiar los precios, por supuesto, luchemos por el 4+1. Pero teniendo muy claro que esto es ya una inmensa derrota sobre la cuestión económica principal. Tengamos esto muy presente en todas las discusiones que se avecinan sobre el tipo de Universidad que se quiere proponer, por  ejemplo, desde Podemos.

Y mientras tanto, recordemos que la secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, se descolgaba el otro día diciendo que el modelo actual de la universidad estatal es insostenible. Uno se pregunta: ¿Y por qué fue sostenible durante tantas décadas justo en la época más masificada del boom demográfico? ¿Cómo es entonces sostenible en Alemania, en Francia o en Finlandia? Con muchos impuestos, dijo. Pues habría que estudiar las proporciones. El PP, en todo caso, es contrario a subir los impuestos. Y mucho menos a subir su carácter progresivo y afectar a las grandes fortunas. Tampoco es partidario de aumentar el número de inspectores fiscales hasta llegar al nivel europeo. Menos aún de ponerles a investigar el fraude a gran escala. Así es que ya saben ustedes, comuníquenselo a sus familiares, a sus padres, a sus abuelos y a sus conocidos y allegados: si usted quiere suprimir la Universidad estatal en la que estudiaron las últimas generaciones y reservar la Universidad para una escogida élite adinerada, vote al PP. También existe la opción de llegar al mismo resultado votando al PSOE: al fin y al cabo, fue este último partido quien llevó la iniciativa en la implantación del Plan Bolonia. Ahora sólo hay que rematar la faena. El objetivo estaba claro desde el principio, ya en el año 1999: se acabó eso de que todo el mundo pueda estudiar en la Universidad. Nosotros fuimos universitarios, nuestros hijos y nuestros nietos no lo serán.

Fuente: http://www.eldiario.es/zonacritica/trampa_6_362273792.html