El aula en entredicho

aula

Pablo García de Vicuña

Hablar de educación conduce inevitablemente, en toda conversación, a la utilización del concepto “aula”. Es inherente a cualquier argumentación educativa y nos sirve –como indica la RAE- para definir precisamente el espacio en el que se imparte enseñanza. Es sinónimo del término clase, pero  a diferencia de este, es más preciso, más elegante –quizás por el desprestigio político que sufre en plena vorágine neoliberal-. En euskara, por ejemplo, deberemos utilizar un concepto más complejo para precisar el mismo significado (“ikasgela”, lugar  de estudio).

A poco que pensemos en “aula” otras expresiones nos surgen de inmediato: “Adiós a las aulas”, cuando se pretende adelantar el R.I.P. de la enseñanza tradicional. O cuando, cada junio, las familias buscan desesperadamente una alternativa para los meses de verano. También se usa esta expresión como complemento a la noche de San Juan por generaciones de jóvenes que quieren dar por finalizados sus estudios.

 Más categórica y con peores intenciones, se ha utilizado la frase “El aula ha muerto”. Así lo hizo, Udacity [1], a través de uno de sus fundadores, S. Thrun, quien pronosticó que el futuro universitario solo estará ligado a facultades abiertas, a través de cursos accesibles para cualquier estudiante desde un ordenador conectado a Internet. No sé si será una premonición o un aviso para navegantes. Llevamos mucho tiempo oyendo hablar de adioses, cierres y desapariciones de nuestra cultura tradicional y, sin embargo, lo que en realidad palpamos en nuestra cotidianeidad son los despidos de trabajadores/as con baja cualificación o la polémica inagotable para conciliar calendarios escolares y laborales.

También aparece la película protagonizada por Sidney Poitier, “Rebelión en las aulas”. Y viene con un recuerdo más nostálgico–por lo que representaba en el lejano año de 1967 que un profesor negro impartiera clases a un grupo de estudiantes blancos y conflictivos londinenses- que por su valor propiamente cinematográfico. En aquellos sesenta, la cuestión racial estaba a flor de piel y arrastraba más espectadores que el deseo de conocer métodos educativos innovadores.

Pero, ni estaríamos en 2016, ni consultaríamos redes sociales, si no mencionásemos el palabro que explota ante nuestros ojos, cuando mencionamos ¡AULA VIRTUAL! Se cuela en cualquier conversación, disquisiciones de expertas/os, informativos y hasta en campañas electorales. No somos nadie, si no hemos entrado a ver una, conocemos a alguien que participa en otra o confiamos en organizar nuestra próxima formación en sus manos. Estamos cautivados ante su atracción y, probablemente, solo el fútbol le cuestione protagonismo en las conversaciones de café.

Ahora bien, si traigo al papel hablar sobre la actualidad del aula es porque, recientemente, ha estado en boca de dos prestigiosos catedráticos en el corto espacio temporal de un mes, aquí mismo, en Bilbao.

El primero en usarlo fue Ángel Gabilondo, quien finalizaba, con su conferencia “Humanizar la vida”, las jornadas educativas organizadas por CCOO Irakaskuntza. Y lo hacía de una forma tan brillante como contundente, con una proclama reivindicativa: “¡A las aulas!”. En su opinión, el grito más insurrecto que ha dado nunca y desde el que reivindica un espacio “inclasificable donde se establecen relaciones personales indescriptibles y otra relación extraña con el conocimiento”.Para el profesor, ahora metido en asuntos políticos, esa aula es la pequeña catacumba a la que nunca hay que renunciar.

Más recientemente, el profesor Mariano Fernández Enguita, invitado junto con otros expertos a la jornada “Euskadi: nuevas tendencias en la educación del siglo XXI”, organizada por Deia y Telefónica, sentenciaba también, no sin contundencia:“Más escuela, menos aula”, para cerrar una argumentación en la que el cambio, protagonista indiscutible de la escuela actual, está justificado por la ruptura de las aulas, de su concepción, de su superación, de su “deconstrucción” –diría yo, interpretando sus palabras-.

Hablar de educación conduce inevitablemente, en toda conversación, a la utilización del concepto “aula”. Es inherente a cualquier argumentación educativa y nos sirve para definir precisamente el espacio en el que se imparte enseñanza

Las dos alusiones citadas aparentemente pueden resultar contradictorias, cuando no lo son. Apelar, incitar a la sociedad a una movilización masiva hacia las aulas, conlleva un propósito de extender la educación a todos los ámbitos vitales; plantea una exhortación a que la educación sea el eje movilizador de toda una sociedad, retrasando otros ejes que puedan estar funcionando en la actualidad como patrones ineludibles de comportamiento social. Así interpreto -con libertad absoluta- las palabras del profesor Gabilondo.

Del mismo modo, Fernández Enguita apunta hacia un modelo de escuela activa que se adapte, cuanto antes, a los retos sociales actuales: sin paredes, intercomunicadora, con un alumnado movilizado en función de sus propios intereses. Su planteamiento -la transformación del espacio aula- es una invitación, sobre todo formal, para superar esa escuela tradicional anquilosada, únicamente transmisora de conocimientos conceptuales , donde disciplina y jerarquía se convierten en soportes inexcusables .

Supongo que ambos autores, aprobarían la afirmación de  la profesora Lara [2], cuando hablando de “aulas equitativas” indica que “… debe promoverse la interacción social como base de los procesos escolares, lo que conlleva a la toma de decisiones para planificar estrategias de aprendizaje como el trabajo cooperativo y el aprendizaje compartido”. En opinión de Rosamary Lara, el aula, así planteada, “…debe concebirse como un espacio que tiene vida propia creada por sus actores, (…) como un espacio de negociación y de discusión donde el profesor (a) acerque al alumno el conocimiento de su disciplina y que a partir de ello, desestructure sus esquemas preexistentes, de lugar a la reconstrucción de conocimiento experiencial a lo largo de su vida y paralela con el conocimiento de la escuela”.

Un aula, por tanto, viva, motivadora, espacio de discusión, consulta y reflexión; un aula alegre, donde coincidan sinergias colaborativas; un aula de algodón, ante la dureza del aprendizaje y de ladrillo cuando necesite aislarse ante las malas influencias; un aula, en fin, educadora.

[1] Organización educativa con ánimo de lucro que ofrece desde 2011 cursos onlines masivos y abiertos (MOOCs)

[2] Lara, Rosamary Selene, Las aulas como espacios vivos para construir la equidad escolar. Revista Iberoamericana de Educación / Revista Ibero-americana de Educação, 2010

 Fuente : eldiario.es   http://www.eldiario.es/norte/vientodelnorte/aula-entredicho_6_521507878.html

 by-sa_petit

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