Usar una tableta: ¿afecta la inteligencia de los niños?

Un análisis de la discusión actual respecto de los posibles efectos que usar una tableta o un smartphone tiene en el desarrollo de los chicos

Foto: Lars Plougmann/Flickr bajo licencia CC SA 20

Los diminutos dedos de Jessica repiquetean en el iPad, pasando de foto en foto hasta llegar a un video particularmente entretenido: un clip de 12 segundos en el que ella misma baila torpemente al ritmo de Single Ladies, de Beyoncé. Al darle “play”, la niña de 18 meses grita de alegría.

Después de mirar el video dos veces, vuelve a la pantalla de inicio y abre la aplicación de YouTube para ver un episodio de la colorida animación Billy Bam Bam. En la mitad del episodio, pasa a un juego de Yo Gabba Gabba! en el que frutos antropomórficos se abren camino hacia el vientre de un personaje.

Cuando Sandy, la madre de Jessica, intenta quitarle el iPad, se produce una rabieta que amenaza con alcanzar dimensiones nucleares: un mentón tembloroso, lágrimas, puños y un grito extremadamente agudo. “Ella lo hace muy a menudo”, dice Sandy. “Parece que prefiere el iPad antes que cualquier otra cosa. Algunas veces, es lo único que la mantiene tranquila”, agrega, mientras agita frenéticamente un unicornio de peluche rosa con el que intenta apaciguar a su hija.

Al igual que muchos padres, ella está preocupada por la obsesión de su hija con las pantallas. Y quiere saber qué actividades son mejores y cuánto tiempo frente a una pantalla es demasiado .

Algunos expertos creen que ciertos usos podrían estar alterando negativamente el cerebro de los niños, y les preocupa que se resienta su capacidad de atención, así como su motricidad, sus aptitudes lingüísticas y su visión, especialmente en los niños menores de 5 años, cuyos cerebros se encuentran en pleno desarrollo.

Las empresas de tecnología y los desarrolladores de aplicaciones están poniendo en práctica todas sus habilidades de marketing para abordar el problema, y colocan en sus productos palabras como “educativo” o “e-aprendizaje”, a menudo sin ninguna base científica. Entonces, ¿qué pueden hacer los padres?

Las nuevas tecnologías siempre han sido recibidas con cierta aprensión. Hace casi 2500 años, Sócrates se mostró en contra de la difusión de la lengua escrita, argumentando que socavaría la memoria y la sabiduría. En el siglo XV, fue la imprenta la que disparó la alarma moral. Los monjes benedictinos, que obtenían ganancias por copiar a mano material de lectura, se opusieron a la mecanización de la imprenta diciendo: “Ellos imprimen sin ningún pudor, a costos mínimos, materiales que, ¡ay!, pueden exacerbar a los jóvenes más impresionables”.

Cuando llegó la radio también fue recibida como una amenaza; se la acusaba de distraer a los niños de su tarea. Un artículo publicado en 1936 en la revista Gramophoneinformaba que la juventud había “desarrollado el hábito de dividir su atención entre la monótona preparación de sus tareas escolares y el cautivador estímulo del altavoz”.

No obstante, pocas tecnologías han invadido nuestra vida y la de nuestros hijos tan sigilosamente como lo han hecho las computadoras portátiles, en especial las tabletas y los smartphones. El tamaño de estos dispositivos resulta ideal para las manos pequeñas y sus pantallas táctiles pueden ser manipuladas fácilmente con dedos diminutos. Además, hay tanto para hacer con estos dispositivos: ver videos, jugar, dibujar o charlar con familiares que viven lejos.

En 2011, un año después del lanzamiento del iPad, apenas un 10% de los niños estadounidenses menores de dos años había empezado a utilizar tabletas o smartphones. Para el año 2013, esa cifra casi se había cuatriplicado. En 2015, un estudio francés reveló que el 58% de los menores de dos años ya había utilizado tabletas o teléfonos móviles.

Foto: Archivo

Las consecuencias del uso prolongado de estos dispositivos no están demasiado claras. La Asociación Estadounidense de Pediatría (AAP, por su sigla en idioma inglés) peca de prudente porque recomienda que los menores de dos años no usen dispositivos con pantalla y que los niños por encima de esa edad pueden hacerlo apenas dos horas por día. Este tipo de restricciones no tienen en cuenta la cantidad de personas que ya ha integrado estos dispositivos a la vida de sus hijos, ni refleja la posibilidad de que ciertas interacciones sí podrían resultar beneficiosas.

“Si su hijo menor de dos años utiliza una pantalla, eso no tiene por qué ser necesariamente tóxico para su cerebro: no se va a volver tonto por eso”, señala Michael Rich, quien es profesor adjunto de pediatría en la Facultad de Medicina de Harvard y también es miembro de la AAP. “Pero hay potenciales desventajas y los padres deben hacer su análisis de los riesgos y beneficios”. Ahora, la AAP se encuentra en proceso de revisión de sus pautas, las que se publicarán a finales del año 2016.

Cuánto tiempo es mucho tiempo

Entonces, ¿por qué no sabemos más sobre los riesgos que corren los niños al pasar tiempo frente a la pantalla? Existe un problema fundamental en la base de todas las investigaciones que se llevan a cabo en esta área: ¿A qué nos referimos exactamente con “tiempo frente a la pantalla”?

Primeramente, es importante diferenciar entre los tipos de pantalla: ¿nos referimos a la pantalla del televisor, a la de la tableta, a la del smartphone o a la de un lector de libros electrónicos? Después, se debe considerar la naturaleza del contenido: ¿se trata de un juego de dibujo interactivo, de un libro electrónico, de una llamada a la abuela vía Skype, o de videos infantiles en Netflix? Y por último, también está el contexto: ¿hay alguien en esa habitación acompañando al niño y hablándole mientras interactúa con la pantalla, o está solo?

En la actualidad, existen muchas investigaciones sobre la exposición de los niños a la televisión, pero desconocemos todavía cuáles se aplican a las pantallas interactivas, como las tablet y los smartphone.

Pero hay algunas cosas que sí sabemos: la mayoría de los expertos en el desarrollo de los niños coincide en que mientras que la exposición pasiva a una pantalla (como colocar al niño frente a un dispositivo para que vea una maratón de Peppa Pig) podría resultar entretenida, no será una experiencia rica desde el punto de vista del aprendizaje. En este caso, da igual que el niño esté frente al televisor o con una tableta: la experiencia es prácticamente la misma.

Poner un video o dejar el televisor encendido mientras el niño hace cualquier otra cosa puede distraerlo del juego y del aprendizaje, lo cual afectaría negativamente su desarrollo. Asimismo, se ha demostrado que pasar mucho tiempo con la televisión de fondo reduce la interacción entre padres e hijos, lo que tiene un efecto adverso sobre el desarrollo del lenguaje. Esta actividad resulta particularmente preocupante si se deja a los niños en manos de niñeras adeptas a las pantallas, porque entonces no interactúan con quien los cuida ni con el mundo físico que los rodea. El día tiene un número limitado de horas, y “el tiempo que se pasa frente a una pantalla es a costa de dejar de hacer otras actividades que posiblemente sean más beneficiosas”.

Foto: Archivo

Los menores de tres años, en particular, necesitan que sus actividades sean equilibradas, lo que incluye: juegos reglados, exploración del entorno, manipulación de juguetes físicos y socialización con adultos y con otros niños. El aumento en el uso de las pantallas significa que se reducirá el tiempo para las actividades arriba mencionadas. Según el pediatra Dimitri Christakis, quien es el director del Centro para la Salud, el Desarrollo y el Comportamiento del Niño, en el Instituto de Investigación Infantil de Seattle: “Los padres tienen que pensar estratégicamente. Si su hijo pasa doce horas despierto e invierte dos horas en comer, ¿qué actividades realizará el resto del día?”.

El problema reside en que las tabletas resultan extremadamente atractivas tanto para los adultos como para los niños. Gracias a su diseño, versatilidad e interfaz intuitiva, las tabletas son perfectas para que los niños dibujen, resuelvan rompecabezas o se entretengan mientras viajan. Si a todo esto se lo combina con los esfuerzos de marketing por parte de las empresas de medios digitales y los desarrolladores de aplicaciones (cuyo éxito se mide en base al tiempo que las personas pasan pegadas a ellos), las tabletas se convierten en un juguete tremendamente difícil de arrancar de sus diminutas manos.

Muchas aplicaciones están diseñadas para funcionar en base a estímulos, y ofrecen constantes recompensas visuales cada vez que se completa un objetivo. Christakis se refiere a esto como la respuesta “¡lo conseguí!”, que dispara el sistema de recompensas del cerebro. “La alegría que siente un niño al tocar una pantalla y hacer que algo suceda es tanto constructiva como potencialmente adictiva”, afirma.

Es por esta razón que las tabletas y los smartphones se han convertido en “excelentes chupetes”, particularmente en viajes largos en avión y en restaurantes. “El dispositivo mismo resulta una agradable comodidad, y es por eso que la mayoría de los padres lo acepta”, dice Christakis.

“Eso es bastante común”, confirma Jenny Radesky, una profesora adjunta de pediatría de la Universidad de Michigan. “Se está convirtiendo en la herramienta de socorro más utilizada por los padres”. Al margen de su utilidad a corto plazo, es importante que los niños desarrollen sus propios mecanismos internos de autocontrol; ya sea que se trate de aprender sin reiteradas recompensas o de poder sentarse pacientemente sin un estímulo digital constante.

Christakis cuenta, a modo de anécdota, que él y otros investigadores están comenzando a ver pacientes cada vez más jóvenes que utilizan estos dispositivos de manera compulsiva. “Sabemos que hay niños mayores y adolescentes que tienen problemas con el uso de Internet, y que esto podría ocurrir también con niños más pequeños”, agrega. Él está llevando a cabo investigaciones para conocer más sobre este tema.

Hiperestimulados

En el Centro de Investigaciones Integradoras sobre el Cerebro, de Seattle, un grupo de diminutas crías rosa de ratón se arremolina detrás de su madre. Un recipiente de plástico transparente, relleno de virutas, sirve de hogar para esta familia de roedores; ese es uno de los cientos de recipientes que están apilados en un sistema rotatorio de estanterías. Estos son los ratones de “control” que Christakis, el neurocientífico Nino Ramírez, y su equipo, utilizan con el fin de tratar de entender el impacto del bombardeo que producen estos medios sobre los cerebros jóvenes.

Al otro lado del pasillo, hay un experimento que está en marcha. Uno de los recipientes con ratones está rodeado de luces brillantes y de altavoces. Durante 42 días, seis horas por día, las crías de ratón están expuestas a la banda sonora de alto octanaje de Cartoon Network, acompañada por luces intermitentes sincronizadas, de color azul, rojo y verde. El aparato ha sido diseñado para descubrir qué sucede en el cerebro de los ratones cuando se los sobreestimula con diversos medios durante un período crítico para su desarrollo.

Los resultados son sorprendentes. “La sobreestimulación, cuando todavía son bebés, los predispone para ser hiperactivos durante el resto de sus vidas”, explica Ramírez. Los ratones sobreestimulados tienden a asumir más riesgos y muestran dificultades para aprender y mantenerse atentos. Experimentan confusión, por ejemplo, ante objetos que ya conocen, y les resulta más difícil orientarse en un laberinto. Cuando se les da la opción de autoadministrarse cocaína, los ratones sobreestimulados son mucho más propensos a la adicción que el grupo de control. Estos cambios en el comportamiento de los ratones están acompañados por cambios en su cerebro.

Foto: Archivo

En teoría, esto también se aplica a los niños: la sobreestimulación con diversos medios (en especial en la actualidad, en la era del “streaming” incesante de videos, difíciles de dosificar, y de los vistosos juegos interactivos) podría provocar un desequilibrio en parte de la corteza cerebral, también conocida como ganglios basales. Es esta parte del cerebro la que nos permite prestar atención a las tareas vitales e ignorar las distracciones. Ese exceso de estimulación podría provocar problemas en el futuro, especialmente de concentración, memoria o impulsividad.

“Al parecer, se puede provocar un exceso de estímulo en los cerebros jóvenes de manera tal que la vida cotidiana no resulte igual de emocionante”, expresó Ramírez.

Antes de sembrar el pánico masivo sobre una generación hiperactiva de post-mileniales cocainómanos con déficit de atención, es importante aclarar que estos experimentos han sido criticados por diversas razones. Seis horas por día de cualquier actividad es una enorme cantidad de tiempo, particularmente en el caso de los mamíferos nocturnos como los ratones (aunque los investigadores aseguran que no muestran señales de estrés). Además, Christakis, Ramírez, y sus colegas no colocan a sus ratones frente a una pantalla real con un contenido significativo, sino que utilizan una especie de simulación con luces que titilan.

El estudio sobre roedores que se llevó a cabo en Seattle es único respecto de su alcance y de su enfoque, lo que explica por qué se lo usa frecuentemente como evidencia de las desventajas de pasar cierto tiempo frente a una pantalla. Si bien los modelos con ratones distan de ser perfectos, son útiles para el estudio de los mecanismos subyacentes relacionados con los procesos cognitivos básicos, los cuales son bastante constantes en todos los mamíferos.

Como la esperanza de vida de un ratón es relativamente corta, es posible observar trayectorias de desarrollo en plazos más breves y obtener de este modo apreciaciones reales de lo que ocurre en su cerebro. Todo esto se puede hacer en un ambiente controlado, lo que sería imposible de replicar con seres humanos.

Si, como se sugiere, el desarrollo cognitivo se ve alterado por la exposición a los medios, entonces esta clase de investigaciones podría determinar los tipos de interacciones con pantallas que permitiremos que experimenten los niños más pequeños. ¿Los padres deberían preocuparse? “Deberían estar atentos y vigilar la cantidad de tiempo y el tipo de contenido al que tienen acceso sus hijos”, señala Christakis.

A pesar de que es un desafío llevar a cabo experimentos controlados con bebés, es posible observar lo que sucede. A partir de esto, se pueden establecer vínculos posibles con sus hábitos relacionados con el uso de dispositivos móviles.

Aumento de miopía

En California, María Liu dirige la Clínica de Control de la Miopía, en la Facultad UC Berkeley de Optometría. Liu ha observado un fuerte incremento en la cantidad de niños con miopía. “Esto está creciendo de manera alarmante en todo el mundo y uno de los factores más ampliamente aceptados que contribuyen con esto es la introducción precoz del uso de dispositivos móviles en los niños”.

Durante los primeros años de vida, nuestros ojos son extremadamente dúctiles y moldeables, así que pasar mucho tiempo enfocando la vista sobre objetos muy cercanos nos vuelve más propensos a la miopía. “El globo ocular crecerá para compensar ese esfuerzo prolongado para ver de cerca”, confirma Liu. Aunque no cuenta con recomendaciones basadas en la evidencia respecto de cuáles son los límites de tiempo sugeridos, advierte sobre la importancia de hacer “descansos frecuentes en la visión de cerca”.

Estamos acostumbrados a mirar las tabletas y los smartphones desde mucho más cerca que otros aparatos como la televisión o la computadora de escritorio. Y, aunque los libros también se leen de cerca, los estudios demuestran que los niños tienden a mantenerlos más alejados que las pantallas.

Foto: Patricio Pidal / AFV

Otro de los aspectos preocupantes respecto del uso de las pantallas es que se demostró que alteran el sueño. La luz azul que emiten estas pantallas “con tanta definición” puede interferir con el ritmo natural de nuestro cuerpo, impidiendo de este modo la liberación de melatonina, que es una hormona importante para conciliar el sueño. A su vez, esto puede provocar trastornos del sueño tanto en adultos como en niños. Sandy dice que si Jessica utiliza la tablet antes de acostarse se vuelve “notablemente irritable”. Entonces, señala, tratan de ofrecerle libros. La pregunta es por qué la última versión del software de Apple para iPads y iPhones trae la función “Night Shift”, que cambia automáticamente la luz azulada por un tono más cálido cuando se acerca la hora de acostarse.

En Londres, Max, de doce meses, está sentado en el regazo de su madre, Helen, en un pequeño cuarto a oscuras. Tiene puesta una gorra de goma cubierta de electrodos que miden la actividad eléctrica de su cerebro mientras él observa objetos físicos primero y luego, sus representaciones digitales en un iPad. En cada uno de sus tobillos, Max tiene puesto una especie de reloj inteligente; uno mide sus movimientos y el otro, su frecuencia cardíaca. La gorra registra la actividad eléctrica de su cerebro mediante electroencefalografías (EEG) para analizar si los objetos reales y virtuales disparan diferentes respuestas cerebrales y ver cómo afecta eso el posterior proceso de aprendizaje.

El experimento es parte del proyecto TABLET del Babylab de Birkbeck, en la Universidad de Londres. Este es el primer estudio científico que investiga de qué manera utilizan los dispositivos de pantalla táctil los niños de entre seis meses y tres años, y qué influencia tiene esto sobre su desarrollo cognitivo, cerebral y social.

En un segundo experimento, sientan a Max en una cabina sin cortinas frente a una pantalla que emite un bucle de video de quince minutos con animaciones psicodélicas abstractas, sonidos y fotografías fijas y videos protagonizados por estudiantes de doctorado que hacen el papel de presentadores de televisión para niños. Max está completamente hipnotizado, y sus ojos saltan de un objeto a otro en la pantalla. Las cámaras que realizan el seguimiento ocular captan la danza de su mirada y, en el exterior, Celeste Chung, una becaria de investigación, registra cómo coincide el movimiento de sus ojos con los objetos que aparecen en la pantalla.

“El niño no hace más que mirar la pantalla, pero el recorrido de su mirada nos indica su capacidad de predicción y aprendizaje”, señala Tim Smith, el científico cognitivo que dirige Babylab.

El equipo trata de comprender la facilidad con la que Max, y docenas de niños como él, consiguen enfocar su atención y bloquear las distracciones cuando trabajan en una tarea específica. En una de las pruebas, aparece un objeto en el centro de la pantalla y luego aparece otro, cerca del borde de la pantalla. Para poder mirar el segundo objeto, el niño debe dejar de prestar atención al objeto central, lo que exige autocontrol. Esta es una medida muy importante de la función de ejecución, una especie de “control de tráfico aéreo” del cerebro, que ayuda al niño a analizar tareas, dividirlas en pasos y concentrarse en cada uno de ellos hasta terminarlos, lo que es clave para predecir su éxito en el futuro.

Al igual que a Christakis, a Smith le interesa averiguar si existe realmente una relación entre el aprendizaje por medio de una recompensa, que es tan común en muchas aplicaciones, y la capacidad de concentración de los niños. “Podríamos descubrir que si se usan mucho las tabletas para el aprendizaje por medio de una recompensa, y los niños se acostumbran a dejarse guiar por estímulos externos, entonces podrían desarrollar inconvenientes en su función de ejecución porque no están acostumbrados a controlar su propia atención”, explica.

Foto: Brad Flickinger/Flickr bajo licencia CC BY 20

A Smith no le convence demasiado el modelo con ratones que utilizaron Christakis y Ramírez en Seattle, aunque está de acuerdo en que sus seis horas de estimulación mediática por día podrían reflejar el entorno doméstico al que se expone una reducida cantidad de niños, donde hay múltiples dispositivos y televisores que pueden contribuir a su sobrecarga sensorial. “Algunos de los padres que participan de nuestro estudio dicen que sus hijos usan las tabletas tres horas por día”, cuenta Smith. “Esa es una proporción grande de las horas de vigilia que ellos pasan utilizando una pantalla y que no se ajusta a las leyes de la realidad física”.

Respecto del efecto sobre el lenguaje y el desarrollo motor, Smith sostiene la hipótesis de que quizás se produzca un desplazamiento. “La tecnología puede hacer las veces de niñera, en lugar del aprendizaje cara a cara. Los niños y los bebés siempre aprenden mejor de las personas, pero no siempre tenemos tiempo”. Los aparatos como los iPad son buenos para provocar mucha estimulación pero carecen de los matices de la retroalimentación social en tiempo real que ayuda para desarrollar el lenguaje, asegura Smith. De manera similar, el uso de tabletas y teléfonos móviles podría convertir a los niños en personas hábiles para el control motor fino de tanto realizar deslizamientos y tocar con la punta de los dedos, pero también podrían tener menos motivación para levantarse y explorar el mundo que les rodea.

Al cabo de aproximadamente una hora de evaluación, comienza a agotarse la paciencia de Max para tocar la pantalla, permitir que rastreen su movimiento ocular y monitoricen su cerebro y otras actividades que lo distraen de su ocupada rutina de caprichos y de comer pedacitos de pan. Max comienza a quejarse y a retorcerse y rasguñar la gorra del EEG, esos movimientos alteran los datos de la actividad cerebral. “Este es el desafío más interesante de trabajar con niños”, dice Smith. “Ellos no cumplen con las instrucciones”.

El potencial educativo de las tabletas

¿Y qué hay del potencial educativo de los dispositivos? Existen miles de aplicaciones, libros electrónicos y videos que se jactan de poseer un valor educativo para los niños; sin embargo, muy pocos han podido respaldar esta afirmación con evidencias contundentes.

“El mercado de aplicaciones es una especie de Lejano Oeste digital”, asegura Mike Levine, quien es el director ejecutivo del Centro Joan Ganz Cooney, en Nueva York, donde se han analizado cientos de aplicaciones de alfabetización para niños en una serie de informes. “La mayoría de las aplicaciones etiquetadas como educativas no brindan ningún consejo o guía basada en una investigación… Menos del 10% de las aplicaciones que estudiamos declaraba alguna prueba de su eficacia [en su descripción en App Store]”.

De manera no intencionada, algunas de las “mejoras” interactivas anunciadas (como las animaciones, los sonidos y las funciones que permiten que los niños den golpecitos y deslicen los dedos) podrían, en verdad, restar valor educativo. A pesar de que las mejoras pueden, en apariencia, estar atrayendo a los niños, de hecho, podrían estar distrayéndolos del contenido educativo.

Adriana Bus y sus colegas pusieron a prueba esta idea en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, al monitorizar los ojos de algunos niños mientras leían libros electrónicos interactivos. Ellos descubrieron que cuando en la película había partes animadas que no estaban directamente relacionadas con la historia (como árboles de fondo, que se mecían con el viento), los ojos de los niños se desviaban hacía esos puntos de movimiento en vez de concentrarse en la historia. Por otro lado, las animaciones relevantes pueden ser beneficiosas, en particular para los niños que tienen problemas con el lenguaje o con la comprensión lectora.

Incluso si se descubre que las aplicaciones poseen un valor educativo, cabe destacar que los niños más pequeños aprenden más de sus experiencias en el mundo real que de sus equivalentes bidimensionales en la pantalla. Estudios realizados en Estados Unidos demuestran que, en problemas de percepción visual-espacial, como encontrar objetos ocultos o resolver rompecabezas, los niños pequeños (menores de treinta meses) se desempeñan mucho mejor cuando el problema se les presenta en la vida real y no en una pantalla.

“Se cree que la carga cognitiva de transmitir información de dos a tres dimensiones es demasiado grande para los niños menores de treinta meses”, escriben Jenny Radesky y su colega Barry Zuckerman en el estudio que realizaron sobre juegos digitales. Los niños de esa edad todavía no han terminado de desarrollar su capacidad para elegir a qué quieren prestar atención y qué desean ignorar, y tienen inconvenientes para trasladar las representaciones simbólicas al mundo real.

Los niños en edad preescolar necesitan interactuar con objetos físicos reales para desarrollar su corteza parietal, la cual controla el procesamiento visual-espacial y ayuda a desarrollar las habilidades matemáticas y científicas en su vida futura. Para abordar este tema, algunos desarrolladores de aplicaciones están introduciendo juguetes en ciertos juegos, los cuales pueden ser manipulados por manos pequeñas mientras se usan las aplicaciones.

Foto: verkeorg/Flickr bajo licencia CC BY SA 20

Lo que todavía no comprendemos completamente es cuál es el verdadero valor del elemento táctil en las pantallas táctiles interactivas, algo que requiere una conexión entre los ojos, los dedos y el cerebro, y de lo cual carece la visualización pasiva. ¿Es posible que la manipulación de objetos digitales en una pantalla mejore el proceso de aprendizaje y facilite la transferencia de conocimientos al mundo físico? ¿Y comprender este mecanismo podría ayudarnos a desarrollar mejores herramientas digitales de aprendizaje?

Cómo aprovechar la presencia ineludible de las tabletas

Independientemente de lo que sintamos o pensemos de las tabletas y los smartphones, estos dispositivos están aquí para quedarse. Entonces, ¿cómo podemos hacer para aprovecharlos al máximo? Gracias a aproximadamente cien años de investigaciones sobre la manera en la cual aprenden los niños, podemos hacer una estimación fundamentada acerca del tipo de interacción y de circunstancia que podría ser más favorable.

Los hogares con ingresos más bajos son los más propensos a sentir el efecto de los dispositivos como las tabletas y los smartphones. En estos hogares, las personas tienden a tener menos acceso a recursos que respaldan el desarrollo, como las clases de música, las clases particulares, o simplemente las horas extra de interacción social, así que se suele pasar más tiempo con los medios digitales. Siempre que el contenido sea de alta calidad, las tabletas y los smartphone pueden tener un gran impacto.

Por ejemplo, mediante un estudio de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, se descubrió que a los dieciocho meses, los niños de familias con carencias arrastraban ya varios meses de retraso respecto de sus compañeros, que tenían un mejor dominio del idioma. Si el contenido y el contexto fueran los adecuados, los dispositivos digitales podrían contribuir a cerrar esa brecha.

“Negarse a la tecnología es privilegiado e irrealista”, dice Levine. “Me preocupa ver que algunas personas señalan con el dedo a otras porque no disponen de los privilegios de tiempo y recursos que otras familias podrían tener”.

“Sin usar la tecnología no vamos a mejorar el rendimiento académico de los niños”.

En vez de prohibir los dispositivos, deberíamos exigir mejores aplicaciones basadas en investigaciones sólidas. Para los niños de entre tres y cinco años es más que probable que una aplicación bien diseñada contribuya a mejorar su vocabulario y las destrezas básicas de matemática. “Mi hijo menor tiene un retraso en el habla, y definitivamente los videos que mira le han ayudado para aprender palabras nuevas”, confirma Lisa, la madre de un niño de cuatro años y otro de seis, quienes han estado usando la tecnología móvil desde que tenían 18 meses.

Todos los pediatras y especialistas en educación y desarrollo infantil con los que hablé acordaron en que, para los niños menores de 30 meses, la interacción humana no tiene sustituto. ¿Entonces por qué no desarrollar aplicaciones que actúen como mediadores entre los niños y quienes los cuidan? BedTime Math es un buen ejemplo. La aplicación ofrece atractivos problemas matemáticos para padres e hijos. Se ha demostrado que esa es una de las pocas herramientas que hacen que los niños sean más inteligentes; los niños que usaron la aplicación incluso una vez por semana, durante un año, mejoraron más sus habilidades matemáticas que los niños de un grupo de control. El impacto fue particularmente fuerte para aquellos niños cuyos padres no se desempeñaban bien en matemática.

Con tanta atención a lo que los niños están haciendo, es fácil que los padres olviden el uso que ellos mismos hacen de la pantalla. “La tecnología está diseñada para absorberte”, afirma Radesky, “y los productos digitales están allí para promover la máxima captación. Resulta difícil desconectarse y estos productos irrumpen en la rutina de la familia”.

Padres que no miren la pantalla de su celular

Para los padres, un método comprobado para ayudar a mejorar el aprendizaje de los niños menores de tres años es construir herramientas tecnológicas que usen “empujoncitos”. Podrían ser mensajes de texto o correos electrónicos que recuerden a los padres que pueden cantar a su bebé o hablar con él, para ayudar tanto a los padres como a los hijos a desconectarse de la tecnología y aplicar sus conocimientos al mundo real. LeapFrog, el fabricante de tabletas para niños, hace algo similar con sus dispositivos LeapPad. Los padres reciben correos electrónicos sobre lo que ha aprendido su hijo al usar la pantalla táctil y una serie de ideas sobre cómo aplicar estos nuevos conocimientos fuera de la pantalla.

“Cuanto más enganchados estén los padres con estos dispositivos, de una manera tal que perturben su interacción con el niño, mayor será el potencial de impacto para el niño”, asegura Heather Kirkorian, quien es la directora del Laboratorio de Medios y Desarrollo Cognitivo de la Universidad de Wisconsin-Madison. “Si mientras juego con mi hijo consulto el teléfono cada cinco minutos, ¿qué mensaje le estoy dando? El tiempo que pasa un padre hablando o jugando con sus hijos es un buen pronosticador del futuro desarrollo de los niños”, agrega ella.

Radesky ha estudiado el uso de teléfonos y tabletas durante las comidas mediante un ejercicio en el cual parejas de madres e hijos deben probar distintos alimentos. Ella descubrió que las madres que consultaron dispositivos durante el ejercicio iniciaban un 20% menos de interacciones verbales con sus hijos, y un 39% menos de interacciones no verbales. Durante el transcurso de otro estudio de observación de 55 personas que cuidaban a niños y comían con uno o más de ellos, Radesky observó que los teléfonos se convertían en una fuente de tensión familiar. Los padres consultaban sus cuentas de correo electrónico mientras los niños competían por llamar su atención.

“Vimos cómo algunos padres perdían la calma y levantaban la voz, porque es extremadamente irritante intentar concentrarse en algo y tener un niño al lado que reclama cada vez más atención”, explica; y añade que algunos padres llegaban a desviar las manos de sus hijos cuando éstos intentaban tocarlos. Restringir el uso de dispositivos en momentos familiares críticos, como las comidas o a la hora de acostarse, puede ayudar a reducir estas fricciones y favorecer más conversaciones cara a cara.

Los niños nacen “programados” para observar el rostro de sus padres y así intentar comprender su mundo, y si esos rostros están en blanco o no responden, como sucede habitualmente cuando se está absorto frente al teléfono, esto podría resultarles desconcertante. Radesky cita el “experimento de la cara inexpresiva”, que fue diseñado por el psicólogo de tendencia desarrollista Ed Tronick, en la década de 1970. En él, se pide a una madre que interactúe con su hija de manera natural antes de poner la cara en blanco y no darle referencia social y visual alguna. Tal como muestra el video, la niña se pone cada vez más angustiada en su intento por captar la atención de su madre.

“Los padres no tienen que estar exquisitamente presentes en todo momento, pero sí tendría que haber un equilibrio. Los padres deben ser receptivos y sensibles a las expresiones de necesidad emocional del niño, ya sean verbales o no verbales”, señala Radesky.

Aunque todavía es pronto para comprender el impacto que las computadoras móviles están teniendo en los niños pequeños, el consejo clave más difundido por los expertos en niños que consulté es asegurarse de que el uso del dispositivo sea solo una parte de una dieta rica en actividades, en particular para los niños menores de tres años, a los que parece costarles aprender por medio de las pantallas.

Siempre son preferibles las experiencias creativas interactivas en una pantalla táctil antes que la acción pasiva de ver televisión. Los padres no deberían tomar al pie de la letra las afirmaciones de los desarrolladores de aplicaciones vinculadas con la educación.

Siempre que sea posible, un dispositivo se debería utilizar como una herramienta para mejorar la interacción con el niño, independientemente de si se emplea para iniciar una conversación (“¿Qué está haciendo la vaca ahí?” “¿Qué ruido hace el pato?”) o como una manera de dar comienzo a conversaciones educativas que se desarrollarán a lo largo del día, como parece ocurrir con BedTime Math.

En el experimento de la cara inexpresiva de Tronick no se usaron pantallas, pero algunos investigadores lo han citado como prueba de que los padres no deberían distraerse con sus smartphone en presencia de sus hijos. Esto es cierto hasta cierto punto, pero hasta el propio Tronick minimiza su trascendencia: “Todo es un poco exagerado”, asegura, y agrega que la mayoría de los niños realiza a diario varias actividades en las que no se utilizan pantallas.

A él le inquieta que todas las preocupaciones relacionadas con el uso de las pantallas surjan de una ideología algo “opresiva, que exige que los padres estén siempre interactuando con sus hijos”.

“Se basa en una ideología un tanto fantasiosa, muy caucásica, muy de la clase media alta (la de las mamás tigre y los padres helicóptero), que dice que si no puedes exponer a tu hijo a un mínimo de 30.000 palabras, lo estás desatendiendo”. Tronick cree que porque un niño no esté aprendiendo frente a la pantalla, eso no significa que la experiencia no sea valiosa; particularmente si esto da tiempo a los padres para darse una ducha, realizar alguna tarea doméstica o sencillamente para tomarse un descanso de los niños.

“Muchos padres, en especial aquellos con pocos ingresos, están absolutamente estresados y preocupados porque no consiguen el apoyo que necesitan y sienten que la paternidad es una tarea tremendamente solitaria. Esos son los grandes problemas”, afirma.

Los padres pueden aprovechar mucho el uso de los dispositivos para hablar con amigos o terminar algún trabajo. Esto podría hacerlos sentir más felices, lo que les permite disponer de más tiempo para pasar con sus hijos. Para Sandy, saber esto es un alivio. “A veces estoy al límite de mis fuerzas”, confiesa, y añade que no debería sentirse culpable por darle el iPad a su hija para poder tener un tiempo para ella misma. En algunos padres hay mucho esnobismo respecto del tema de las pantallas.

“Yo misma, como madre, pongo a mi bebé frente a un video de poesía para bebés de HBO”, explica Radesky. “Es precioso, tranquilo, y puedo lavar los platos o hacer algo que me ‘resetee’. Este es uno de sus beneficios, pero es algo en lo que los padres deben ser muy honestos. El video no educa a mi hija de 18 meses. Es solo un descanso para mí, como madre”.

TRADUCCIÓN DE ÁNGELA ATADÍA DE BORGHETTI

Este artículo apareció en Mosaic y Digg, y se republica aquí bajo una licencia Creative Commons.

Fuente : http://www.lanacion.com.ar/1912204-usar-una-tableta-no-van-a-volver-tontos-a-tus-hijos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: