¿Qué es el mito y por qué la educación necesita iniciación, misterio y mitología?

EL MITO Y EL MISTERIO FOMENTAN EL DESARROLLO DE OTRO TIPO DE PERCEPCIÓN, MÁS INTUITIVA E IMAGINATIVA, QUE EL PARADIGMA CIENTIFICISTA NO PROVEE. EN ESTE SENTIDO DEBEMOS RECUPERAR A LOS DIOSES QUE HABITAN EN NUESTRA PSIQUE
POR: ALEJANDRO MARTINEZ GALLARDO – 06/05/2015 A LAS 12:05:25

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Los griegos soñaron con sabiduría, los romanos con imperios, cada cual acorde a su naturaleza. Un pueblo filosófico tiene sueños filosóficos, por eso los mitos griegos son sueños filosóficos, y contienen una iniciación filosófica, un sistema de pensamiento y relación simbólica con la naturaleza, una cosmología.-Manly P. Hall

Hermes vio la totalidad. Habiendo visto, entendió. Habiendo entendido, tuvo el poder de revelar y mostrar. Y así, lo que supo, lo escribió. Lo que escribió, mayormente lo ocultó, manteniendo silencio, en lugar de hablar en voz alta, de tal manera que cada generación que viene al mundo debe de buscar estas cosas.- Kore Kosmou

El hombre moderno suele considerar los mitos como una extravagante forma de entretenimiento que poco tiene que ver con su vida o como una curiosidad del intelecto primitivo que el conocimiento científico ha vuelto obsoleta. Se asume que los datos fácticos o las evidencias son superiores y debemos basar nuestra educación en ellos. Regirnos por lo que es claro, contundente y no admite diferentes interpretaciones. Esto, sin embargo, es un tanto arrogante y al despreciar al mito como forma de conocimiento, perdemos una importante herramienta educativa y un modelo o un mapa alterno para practicar otras formas de ver y experimentar el mundo.

Que el mito sea para nosotros solamente una curiosidad antropológica –a lo mucho un pasatiempo de arqueología de la psique– y no una continuidad epistemológica viva, tiene que ver con el actual paradigma científico y la educación positivista en la que se busca eliminar todo lo misterioso. El mito está estrechamente ligado a lo misterioso, y lo misterioso es la antítesis del modelo espistemológico actual. Esto es porque lo misterioso está asociado con la ignorancia y la superstición, algo que es sobre todo un prejuicio; la razón moderna no se siente cómoda lidiando con lo metafórico, lo ambivalente y lo paradójico, necesita definir la realidad como una cosa definitiva, tangible y siempre igual (podríamos decir que ante el misterio, el pensamiento moderno siente pánico: esa sensación que viene del dios Pan, figura que luego convertiríamos en el Diablo). Lo misterioso es lo que está oculto (de la misma raíz de lo místico), lo que en un principio yace desconocido, aquello que no se revela inmediato o en la superficie y que por lo tanto requiere de una exploración más profunda –a veces una iniciación o un cambio de conciencia. Es decir, requiere una transformación, una participación activa en el sujeto que conoce y no sólo la memorización de datos o el ejercicio de la lógica. Cotejamos aquí a la gnosis (que se basa en la idea de que quien conoce adquiere la esencia de lo que conoce) con el conocimiento propio de los sofistas o de los retóricos que construyen perfectos argumentos o acrobacias discursivas sin darle importancia a la experiencia del conocimiento. El paradigma científico basado en el modelo de la física clásica supone que no hay nada misterioso en el universo, la naturaleza entrega sus secretos con celeridad a la mente que asume el papel de “conquistador” de la materia y concibe al mundo como una máquina inerte al servicio del indetenible progreso humano. Pero, ante esta luz racionalista, opongamos al oscuro Heráclito, quien escribió famosamente: “la naturaleza ama ocultarse”. Y es que tal vez la naturaleza, al ocultarse, nos pide que juguemos una especie de juego cósmico de escondidillas o de “encantados” para el cual es necesario suspender nuestros prejuicios y creencias y seguirle la corriente. Podemos obligarla a desocultarse tirando explosivos para minar el oro y la plata de sus entrañas o podemos internarnos en la oscuridad de sus cuevas y vivir su misterio.

La naturaleza como fabulación

Para entender la función del mito o incluso la necesidad de su supervivencia como parte de un equilibrio psíquico es útil revisar la cosmogonía antigua, de la cual nace el pensamiento mítico, y compararla con el pensamiento científico moderno. Podemos pensar que nuestra mente es mucho más sofisticada que la mente de los antiguos griegos o egipcios (y quizás lo sea en el sentido meramente sofístico), pero quizás no hayamos evolucionado tanto en nuestra capacidad de pensar simbólica, intuitiva y analógicamente. Los griegos, los indios y los egipcios, por citar los ejemplos más conspicuos, tenían una profunda tradición de concebir las cosas a través de fábulas y símbolos, mientras que nosotros tenemos una tendencia al pensamiento literal, reduccionista y mecanicista, en parte debido a más de 2 mil años de la lógica aristotélica que impide que algo sea más de una cosa, esto y no lo otro. “De la misma forma que los jeroglíficos precedieron a las letras, también las parábolas fueron antes que los argumentos. E incluso ahora, si uno quiere iluminar con nueva luz un tema en la mente de los hombres, y eso sin ofensa y rigidez, debe hacerlo por la misma vía e invocar la ayuda de la similitudes”, escribe Francis Bacon. El símil es lo mismo un recurso poético que un recurso del misticismo, como queda claro en el fundamento del pensamiento hermético, el símil de símiles: “como es arriba, es abajo” o lo que es lo mismocomo es el cosmos, es el hombre o también el hombre es un pequeño universo. La anterior frase tiene poco valor para un argumento científico, que la consideraría imprecisa; podría servirle a un físico como inspiración para imaginar una teoría, pero nunca podría hacer referencia explícita a esta idea de poder ver en un cuerpo humano los movimientos de los planetas, por ejemplo, o de intuir que existe unidad y simpatía en todas las cosas. La misma frase, por otro lado, tiene una gran utilidad filosófica y espiritual como un principio que llama a tener una experiencia individual de esta similitud.

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Hablando sobre el sistema mítico-filosófico de los griegos, Manly P. Hall dice: “todas las fábulas provienen de la fábula más grande de todas: la naturaleza”. Hall usa “fábula” casi siempre como sinónimo de mito, y podemos apreciar aquí una idea muy distinta de la concepción de la naturaleza que tenemos actualmente. Para los antiguos la naturaleza es la capa más densa de la mente, pero sigue siendo res cogita  y está animada, por lo cual es un proceso que comunica, aunque secretamente, una historia (la etimología de “mito” es: historia, relato, habla, palabra). Hay otra idea oculta aquí también, y es que la naturaleza es el artificio del espíritu (o el símbolo del espíritu, según Emerson), ya que la materia no está separada –o lo está sólo ilusoriamente– del espíritu: es correlato de lo divino, es el vehículo de la conciencia para aparecer en el mundo (somaes el sema del alma, dice Platón) por lo cual es una especie de sustancia fantasmagórica, volátil, manipulable, de gran (psico) plasticidad, “such stuff as dreams are made on”, como dice el hechicero Próspero en La tempestad. La naturaleza es esencialmente fabulosa y fantástica; la materia es la tela caleidoscópica de Maia. El que hoy hayamos identificado el mito con la mentira y la falsedad dice mucho de nuestra cosmovisión: creemos que la naturaleza es muda y por lo tanto su mito, sus palabras e historias deben de ser falsas, puesto que no tiene inteligencia, alma o significado. Dialogar con la naturaleza es hoy en día un signo de locura, la esencia de la irracionalidad. Valdría recordar aquí, como encantamiento contrapuntístico, la mítica frase de Adorno: “El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad”. O tejiendo aún más la madeja del mitologema fractal, James Hillman: “De la misma forma que las verdades son las ficciones de lo racional, las ficciones son las verdades de lo imaginal”.

Esta es la diferencia fundamental del pensamiento antiguo, que el mundo imaginal no es tenido solamente como una fabricación del pensamiento humano. El alma y la imaginación existen en la naturaleza o, quizás mejor dicho, la naturaleza existe dentro de la mente (nous): es su mito, la fábula suprema, que cuenta una misma historia una y otra vez con leves variaciones. Hillman, siguiendo el eide platónico, nos pide considerar la posibilidad de que el cuerpo sea una imagen o una sombra del alma y no al revés. Manly P. Hall señala: “La naturaleza nunca habla de manera determinada: ‘haz esto o no hagas esto otro’, presenta espectáculos, imágenes no literales”. Los que buscan respuestas deben dejarse seducir por el misterio y penetrar el mundo de la imaginación: “Los hombres que buscaban su propio destino y significado tenían que peregrinar en la noche, en el desierto, y pedir al fuego revelación, las respuestas llegaban en los sueños, en el contacto con el subconsciente”. Este es el estado de ánimo en el que nos sitúa el mito, que según Joseph Campbell “es el sueño colectivo de la humanidad”, mientras que los sueños individuales son “mitos privados”. Los sueños colectivos de los griegos, los mitos, son sueños esencialmente filosóficos, una filosofía que  nace también  del mundo imaginal.

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Es probable que exista un paralelo entre la irrelevancia que nuestra cultura otorga al mito y la poca importancia que usualmente le damos a nuestros sueños. Pese a que buena parte –y probablemente la más rica– de nuestra vida psíquica ocurre oníricamente, la gran mayoría de nosotros no considera que los sueños son una vía legitima –y mucho menos vía regia– de conocer el mundo. Creemos a lo mucho que los sueños nos revelan cosas de nuestro pasado, traumas, represiones, deseos insatisfechos, etc., pero siempre cosas de nuestra vida despierta; no consideramos la posibilidad de que su narrativa sea una historia coherente en sí misma, dueña de una voz propia; si la comparamos con la narrativa de nuestra vigilia resulta aberrante, absurda y a fin de cuentas prescindible. Es decir, descalificamos de entrada el lenguaje y la propia forma de articularse de los sueños, no le conferimos agencia y le exigimos al sueño que se explique en términos del ego y de la vigilia, evangelizando a los monstruos (y ángeles) de la noche con la aniquiladora luz del día. Pero, como dijimos anteriormente de la naturaleza, Hillman nos sugiere la idea de que más que nosotros tengamos sueños, como pensamos siempre ya despiertos, los sueños nos tienen a nosotros: en el sueño viajamos al inframundo, nos encontramos en la mente de Hades y estamos sujetos a sus leyes imaginales. Los budistas explican que no hay un pensador detrás de los pensamientos, es una ilusión de la mente que “tengamos” pensamientos, en todo caso el pensamiento nos tiene a nosotros, es la experiencia misma la que experimenta a través de nosotros.

Todo esto para llegar a un principio de revaluación práctica del mito, no sólo ya teórico (es decir no sólo la visión mística, también la experiencia y el acto de resonancia moral que resulta del entendimiento que se practica). En su Poética, Aristóteles señala que el mito es “el principio” y “alma de la tragedia”. Siguiendo el tema que hemos desarrollado, podemos extrapolar y decir que una educación que le dé importancia al “alma”, y tenga conciencia trágica (y por lo tanto estética) debe considerar al mito como parte fundamental de su didáctica. Dicho de otra forma, siempre y cuando le demos importancia a las historias, a los relatos y a las narrativas (a lo que hoy llamamos “contenido”) y les asignemos un valor estético y moral, el mito debe tener un papel central. Actualmente la mayoría de las personas reconoce el “poder de la historias” como elemento de contacto humano y de transferencia empática. El mito, sin embargo, conlleva algo más que una simple historia, nos habla de un misterio, de una iniciación y de una participación activa en el conocimiento. Lo mítico está ligado indisociablemente a lo mistérico. Manly P. Hall nos dice que “los mitos son el registro eterno de la vida psíquica del hombre” y también son “la historia intuitiva del Ser”. El mito tiene entonces el poder no sólo de involucrarnos con una historia, sino de referirnos a las historias que tienen alma y que han superado el paso del tiempo (porque tienen alma). El mito nos acerca al origen insondable; se ha dicho que el mito es “la historia de la prehistoria” y “aquello que nunca pasó pero sigue pasando”. ¿Qué es aquello que nunca pasó pero sigue pasando? Esto no es algo que podamos entender con un pensamiento lógico-racional y, sin embargo, la idea nos seduce, nos pide resolver un enigma, nos confronta de nuevo con lo mágico-maravilloso, con las centellas de la fragua del demiurgo. El mito es también lo enigmático, la existencia como seducción misteriosa, la esfinge en los huesos del hombre.

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Una educación con alma es una educación con mythos

El valor didáctico y hasta heurístico de los mitos está en que invitan a un proceso de misterio y desvelo. A diferencia de cuando a un estudiante se le dice que memorice algo para un examen, un mito lo presenta con un reto de conocimiento, donde siempre es posible que no encuentre la respuesta. E incluso, de encontrar esa respuesta, no podrá estar seguro de tenerla de la misma forma que se tiene una evidencia científica. Sólo podrá intuir que sabe el significado del mito o que ha podido vislumbrar su esencia, es otro tipo de certeza. Dice Manly P. Hall: “los hechos provocan aprobación o rechazo, son una superficie plana… el conocimiento obvio no es controversial ni estimulante”. Y “la educación moderna produce estudiantes que memorizan hechos, pero no son intrigados a explorar los misterios detrás de los hechos”. El paradigma moderno considera sólo el mundo del fenómeno pero no le da cabida al mundo del noúmeno. El mito fomenta un tipo de pensamiento que se pregunta “¿qué significa esto?” o “¿de qué es símbolo este fenómeno?” y se interesa, a su vez, por la belleza, por la “luz interna” que puede transmitir una historia, porque en ello está también su verdad. Agrega Hall: “En tiempos pasados los hombres anticipaban ser excitados en su imaginación para resolver cosas extrañas y desconocidas, así desatando los poderes de la conciencia”. En otras palabras, el mito está cerca de una forma de percepción que no separa el ejercicio intelectual del instinto y la intuición. Es decir, el mito es una especie de lenguaje del alma. El historiador alemán Walter Otto nos dice que el gran filólogo Christian Gottlieb Heyne comprendió que los mitos son “el lenguaje primordial de los espíritus, que sólo mediante imágenes y metáforas sabían expresar su emoción ante las grandiosas formas de la realidad universal”.

Por último quiero aclarar, por si no fuera evidente, que los griegos –y algunas otras civilizaciones antiguas– llegaron a una refinación del pensamiento, que aquí llamamos mítico pero que en su época no estaba dividido del “Logos” que en Occidente se convirtió en la razón cartesiana, que les permitió percibir a los dioses de los mitos como símbolos y arquetipos de principios y procesos cósmicos. Comprender, como queda claro en el diálogo platónico de El Banquete, por ejemplo, que Eros es un estado mental y a la vez un dios y un principio motor del mundo y puede ser todos estos sin contradicción porque es una manifestación de la unidad que se proyecta a sí misma en la multiplicidad del mundo, es una rutilante prefiguración de los arquetipos y el inconsciente colectivo de Jung. Estamos aquí ante  la cumbre del pensamiento simbólico. Platón no creía literalmente que Afrodita nació de los genitales de Urano (el cielo) lanzados al océano (esto es una alegoría del Alma increada que viene del cielo) o que Prometeo robó literalmente el fuego divino y luego fue encadenado a una piedra para que un águila devorara su hígado por la eternidad, sabía que estas fábulas describían procesos cósmicos y eran metáforas y analogías didácticas que codificaban un sistema de conocimiento (una paradosis). “Los griegos sabían que estos mitos eran los revestimientos o sombras de verdades filosóficas, en las que cosas difíciles de comunicar eran arcanamente intimadas excitando los poderes intelectuales del hombre para que contemple los misterios universales”, dice Hall. Por eso los mitos estaban tan ligados a los ritos inciáticos, como es el caso de los misterios de Eleusis y el rapto de Perséfone. Esto es algo que hemos perdido hoy, la iniciación como conducto de hacer de la filosofía y el conocimiento no sólo verbosidad ytechne, sino experiencia viva, transformación del individuo. La preocupación de Sócrates se ha confirmado, al parecer los sofistas llevan ganada la partida.

Twitter del autor: @alepholo

Fuente : Pijamasurf.com

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