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Pedagogía en la prisión

prisión

 

El centro penitenciario concentra la condición paradójica de pretender ser un espacio de castigo por la reclusión en el momento presente del interno y, además, un espacio de reeducación en el futuro del recluso. Esta contradicción obliga al saber pedagógico a matizar mejor las posibilidades educativas de los sujetos y de las instituciones penitenciarias. Tal vez sean estas dificultades, entre otras, las que den razón de que uno de los ámbitos en que la pedagogía ha entrado escasamente sea el de las prisiones. Y es extraño que no lo haya hecho cuando en algunos países, como el nuestro, el ámbito penitenciario se considera, desde la misma legislación, un proyecto de educación, no sólo de castigo, o si se prefiere de rehabilitación y reeducación.

Existen, no obstante limitaciones legales, profesionales, históricas y conceptuales a la reeducación, que no vamos a abordar aquí por su complejidad y prolijidad de razones y nos vamos a centrar en las posibilidades de la acción pedagógica en las prisiones.

Tom Ward propone un acercamiento basado no sólo en la valoración de los riesgos sino en equipar a los delincuentes con los recursos para vivir mejores estilos de vida. El modelo pretende  funcionar como un marco general para orientar el tratamiento, sin sustituir terapias y técnicas más específicas. El enfoque pedagógico tiene diferentes niveles de actuación. Uno de ellos es favorecer, precisamente, climas más humanizadores donde los sujetos se sientan reconocidos en su identidad y aspiraciones.  La herramienta privilegiada al servicio de la reinserción social es el encuentro personal con la figura real, cercana y ejemplificante de los educadores.

Desde hace unos años se han creado unos espacios diferentes dentro de algunas prisiones, los conocidos como “Módulos del Respeto”, que se alejan de los enfoques terapéuticos y clínicos. Se trata de un espacio con mirada educativa porque pretende generar una experiencia de cambio personal, basada en la libre voluntad y compromiso del interno por modificar ciertos hábitos consigo mismo, con el trato dado a los demás y a las cosas que les rodean. Son espacios con posibilidades educativas porque rompen la inercia carcelaria, las propias tendencias de la institución penitenciaria, al promover la creación de las relaciones de respeto, junto con un nivel de exigencia altísimo en el cumplimiento de numerosas normas. Hay un compromiso compartido, público y privado, hacia unas normas en el que cada interno se siente parte integrante y responsable de un espacio de confianza recíproca. El preso es, aquí, a diferencia del resto de la prisión, un agente responsable que se apropia de sus acciones, participa de los asuntos cotidianos, organiza, gestiona, en definitiva, controla la dirección positiva de su propia vida.

Estamos, pues, ante un espacio penitenciario educativo que puede contribuir al cambio porque él mismo lo es con respecto al conjunto de la prisión, y porque exige al interno que se atenga a un orden de sentido impuesto desde fuera que el mismo preso tiene que asumir, hacer suyo, para hacerse así de otro modo, con otros hábitos,  expectativas y estilos de vida.

Extracto de : Gil Cantero, Fernando. “La acción pedagógica en las prisiones. Posibilidades y límites”. En : Revista Española de Pedagogia, año LXVIII, en.-abril 2010, pp.49-64

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