Las emociones en la clase

emociones

La barrera entre la vida íntima y la social es ilusoria y eso puede comprobarse  en cualquier clase escolar. Unos niños son coléricos, otros se quejan de su hermano, otros se pelean… El/la maestro/a resulta bombardeado, recibe a menudo en directo las emociones de sus alumnos y debe afrontarlas.  Hay que darles una respuesta. Se puede proponer escucharlas, también ponerles una barrera que evite los desbordamientos, inscribir el episodio en una historia humanizante, pero también habrá que invitar a “reinvestir”  las emociones en el aprendizaje. El maestro recoge la manifestación de la emoción, la entiende, pero sólo hace aflorar el sentido latente. No es su propósito entrar en la intimidad del niño, sino proponer un camino, guiar. Dejará que el niño vea que le ha entendido, pero no se planteará ninguna pregunta. Será suficiente quizás dar la mano y siempre, al menos en una clase cooperativa, propondrá un camino para la expresión de esas emociones. Éstas tenderán entonces a expresarse a través de itinerarios tan variados como el texto libre, el qué hay de nuevo, el consejo, la actividad teatral, el diseño y para los adultos los grupos de palabra. Porque el maestro no lo puede todo y debe encontrar sus propios lugares de elaboración a través de los lugares de la palabra, el trabajo en equipo o la implicación militante.

Pero la emoción no encuentra sus fuentes solamente en el exterior y la clase no es un lugar protegido, aislado de la vida y funcionando en una atmósfera de racionalidad sin afecto.  El encuentro con el saber, con la figura del maestro es fuente per se de emociones. Provoca emociones constructivas que refuerzan las ganas de aprender, pero puede también ser fuente de dificultades, de sufrimiento. Cuando el código escrito no quiere liberar sus secretos, cuando las cifras no cobran sentido, el niño se encuentra en un universo que se le escapa, del que puede pensar que se le rehuye, que hay un error y que este camino no está hecho para él. ¿Cómo no ver que el aprendizaje y la escuela son fuentes de emociones?

La emoción viene también de los otros, de las burlas, del conflicto, de las felicitaciones. Acompaña a menudo el nacimiento de largas amistades que perduran quizá más allá de la escuela o de la infancia. Y es que la emoción le aporta gusto a las cosas, amargas o sabrosas, y nos permite pues juzgarlas malas o buenas y elegir. Nuestro pensamiento necesita de las emociones para ser eficaz.

Entonces, ¿hay que suscitar las emociones? ¿Es la clase cooperativa una pequeña fábrica de emociones? No está ahí la cuestión, la clase cooperativa se pretende lugar de vida, acoge las emociones y les aporta un camino de expresión. No se trata de revivirlas, sino de expresarlas a través de las producciones culturales que se convertirán en saberes y conocimientos. En la clase cooperativa se reciclan las emociones dando lugar a producciones culturales, es un lugar donde los niños, a través de la gestión de las emociones con sus pares y el maestro comenzarán a tomar distancia, a salir de sus problemas.

Extracto de :  “Les émotions dans la classe” (Quelques extraits de lóuvrage réalisé par le groupe départemental du Val d’Oise de l’ICEM). En  : Le Nouvel Educateur, n. 213, jun. 2013, pp. 27-28

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