Equivocarse para aprender

Bruno Koeltz, en Le Nouvel Observateur decía : “Si no se han cometido errores aprendiendo, es un error creer que se ha aprendido”.

Es necesario aceptar que no se es perfecto, y aprender a equivocarse para avanzar mejor parece ir en contra de los consejos oficiales, que hacen del error un enemigo a abatir en materia de educación. La exigencia de un resultado “sin errores” aparece como una constante a lo largo de los programas de estudio escolares.

Hay muchos estudios  que prueban la necesidad de equivocarse para comprender y retener mejor.

Sin embargo, se “culpabiliza” el error y esta culpabilización viene reforzada por las prácticas que se dan en clase : No hay tiempo, se requieren resultados rápidos. De hecho, se piensa que, mientras menos “se pierde el tiempo” en aprender, más rápido se sabe. Por tanto,  todo aquello que ralentiza los resultados, como la reflexión, la investigación, el trabajo en equipo, está desaconsejado por no decir prohibido. Sólo se tiene derecho a un ensayo.

Pero al contrario de lo que se piensa, ningún aprendizaje se puede hacer rapidamente.  Es necesario que los alumnos tengan tiempo para construir el conocimiento : experimentar, analizar, tantear…

Por otra parte, hay que tener en cuenta que los ejercicios no han enseñado nada jamás : sólo pueden servir para fijar ciertos descubrimientos, pero jamás introducirlos – y aún así, deben ser lúdicos, jamás evaluados.

En cuanto al trabajo individual, deja al alumno como exclusivo responsable de lo que hace. Para que los alumnos sean capaces de asumir personalmente la responsabilidad de lo que hacen, es necesario que hayan podido primero compartirlo. Es una de las razones de hacer trabajar con los alumnos en grupos solidarios.  Es en el grupo donde aprende a ser él mismo y afrontar solo las dificultades. No se aprende nada solo, y, desde luego, no se aprende a funcionar solo.

Por fin, hay que tener en cuenta la imagen que el profesor da de su relación personal con el error. Tiene que saber aceptar que no es perfecto, no sólo ante sí mismo sino ante los ojos de los alumnos : saber reconocer sus errores y saber recordar los que cometió cuando era alumno. Lejos de arriesgarse a quedar desvalorizado a ojos de los alumnos,  se aproxima a ellos y les da seguridad.

Todo esto requiere de los profesores una formación adecuada que no se limita a los contenidos, ni tampoco a la pedagogía : ser profesor requiere que éste lleva a cabo un trabajo consigo mismo. que difícilmente podrá hacer a solas.

Extracto de: Charmeux, Éveline. “Ne pas faire de l’erreur un échec”. Cahiers pedagogiques, nº 494, janvier 2012, pp. 12-13

 

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