Desde los años 70 ha venido ocurriendo un cambio radical en la educación superior, cuando un creciente número de instituciones comenzó a contratar profesores no fijos para recortar los costes, manteniendo los sueldos los más bajos posible para el personal no docente. Los estudiantes acusan el cambio, ya que el número de servicios disponibles se reduce y los educadores están menos dispuestos a ofrecer ayuda directa y tutoría a sus estudiantes. Ahora, los empleados de la educación superior están luchando contra esto y haciendo frente a los retos planteados por la administración.
En un clima político en el que un candidato importante a la presidencia expresa libremente su opinión de que la educación superior no tiene valor e incluso supone una amenaza, discutir acerca del clima de trabajo de los empleados de la educación superior es más importante que nunca. En algunas regiones de los EEUU, los educadores y el personal de apoyo se están encontrando actitudes hostiles en el mundo exterior con respecto al trabajo que realizan así como cuestionamientos sobre si la enseñanza tiene un valor, o incluso si es siquiera una forma de trabajo. Al mismo tiempo, sus propias administraciones recortan los presupuestos y también los beneficios para limitar costes. Hace tiempo consideradas como un refugio/torre de marfil, las instituciones educativas estadounidenses y sus trabajadores están claramente asediados.
Parte de la crisis que vemos en la educación superior es resultado directo del gran desmoronamiento económico, que ha tenido un impacto severo sobre las dotaciones y los recursos del gobierno. Paradójicamente, sin embargo, en algunas regiones está teniendo lugar un boom de las construcción en las universidades al mismo tiempo que se recortan los presupuestos, gracias a subvenciones y fondos previos al colapso económico.
En clase, un creciente número de universidades se apoyan más que nunca en ayudantes, becarios y recursos de emergencia para atender sus necesidades. El coste de un educador con plaza fija es muy superior que el de varios contratados, becarios y otro personal de inferior categoría.
Loa gestores justifican estas prácticas alegando que son necesarias en un ambiente de fondos que decrecen. Las universidades arguyen que utilizar personal temporal no debería afectar a la calidad de la educación, y que de hecho permite a las instituciones educativas ofrecer más clases de más asignaturas. También argumenta que el uso de ayudantes de facultad sirve de acceso a otras oportunidades de empleo para estos individuos, impulsándolos y preparándolos para puestos de pleno empleo. Pero no hay pruebas de que los adjuntos experimenten necesariamente un desarrollo de su carrera como resultado de su trabajo temporal; de hecho, cuando los educadores no son fijos, la competición suele ser tremenda. Más aún, hay estudios que sugieren que apoyarse en profesores temporales afecta a la calidad general de la educación de un estudiante en parte a causa de las pobres condiciones de trabajp que muchos ayudantes sufren.
Más información en : http://www.alternet.org/story/154817/disposable_professors_how_the_labor_crisis_threatens_higher_education/
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El modelo clásico de enseñanza universitaria giraba en torno a la figura del profesor, quien parecía haber acumulado un conocimiento completo que le permitía saber de todo. En esta situación , es obvio que existía una relación asimétrica entre profesor y alumno. El profesor era el encargado de transmitir información y, posteriormente, de comprobar que esa información había sido captada y retenida por el estudiante quien, en cierta medida, debía acatar lo encomendado.